Xiang qi y el arte de la guerra

“Toda guerra se basa en el engaño”, decía Sun Tzu en El arte de la guerra, y es tan cierto. Un golpe débil, torpe o perezoso con la derecha distrae la atención del golpe verdadero con la izquierda, que cae como un mazazo abriendo de par en par las puertas del enemigo. Este principio lo aplica el buen general, el artista marcial, pero también puede hacerlo cualquiera en la vida corriente: ¿qué es más sabio y más prudente, ir pregonando cuáles son tus fortalezas, o escuchar, ver, estudiar a los otros, la situación en que te encuentras, mientras esperas el momento en que sea necesario dejarte ver y golpear con toda tu fuerza?

También el buen jugador de ajedrez se basa en el engaño, atrae con señuelos a su contrincante hasta que encuentra una brecha por donde introducirse en su defensa. Se cuenta que el chaturanga, la versión más antigua conocida de este juego (de la que se supone que procede tanto nuestro ajedrez occidental como el xiàngqí chino) comenzó a jugarse en la India en un periodo de paz, como representación de las batallas que se habían ya librado y de las que se disputarían en el futuro.

El juego del ajedrez se ha ido adaptando, como es lógico, a las culturas en las que se juega. Lo primero que piensa un jugador de ajedrez occidental cuando conoce por primera vez la configuración del tablero y los movimientos de las piezas en el ajedrez chino o xiàngqí es: “Venga, ¿y qué más? ¿También hay que dar de comer a los peones y dejarles que duerman?”. Si ese jugador tiene la fortuna y el buen juicio de aprender a jugar a esta versión del juego de guerra, quedará asombrado por su belleza y por la cultura tan distinta a la nuestra que refleja. El juego en Occidente es en comparación muy esquemático y se aleja mucho de la realidad que representa.

¿Cuáles son las principales diferencias entre los dos juegos de ajedrez? En los dos participan dos jugadores, que encarnan a las dos naciones enemigas que se enfrentan, pero en el ajedrez chino hay, además, un río que divide el tablero de juego en dos. Los ejércitos se mueven, por tanto, en un terreno que no es ventajoso para ninguno de ellos, y el río hace de frontera natural para algunas de las piezas: solamente pueden cruzar al otro lado los soldados rasos o peones, los carros de combate (nuestras torres) y los caballeros; pero no, en cambio, los cañones, los elefantes (los alfiles occidentales), ni tampoco el general y sus oficiales. Estos últimos permanecen siempre en el campamento, otro espacio que se representa en el juego chino, pero que no aparece en la versión occidental.

Dicho de otra manera, en el ajedrez chino las piezas son de antemano defensivas (las que no pueden cruzar el río) u ofensivas (las que sí pueden hacerlo): la retaguardia es el yīn del ejército; la vanguardia, el yáng.

El general (no hay rey en el xiàngqí) debe ocupar su lugar en el campamento, junto a sus dos oficiales, que deben defenderlo. En cambio, en el ajedrez occidental, esa división entre piezas que atacan y piezas que defienden no está tan clara, y de hecho, es posible la movilidad social: los peones pueden progresar (llegando hasta el final del tablero) y convertirse en cualquier otra pieza que el jugador desee excepto rey. No puede haber reyes, solo rey (pero sí curiosamente reinas), y este puede moverse temerariamente a lo largo y ancho del tablero.

Así que la idea de que hay una jerarquía social inviolable, de que cada uno tiene su sitio, su función en el mundo y, por tanto, en la guerra, está muy presente en el xiàngqí. Ese orden en el ajedrez chino es imitación de la armonía que puede haber en la naturaleza. Hay yīn y hay yáng. Hay quien dice incluso que el hecho de que haya cinco peones y cinco piezas detrás de ellos no es casual: que representan los cinco elementos (Madera, Fuego, Tierra, Metal y Agua), las cinco fases de crecimiento y decrecimiento del yīn y del yáng, que son las que permiten que la realidad no sea Única, estática, sino que cambie, que sea dinámica, y que haya distintos grados de armonía y de falta de armonía.

Otra característica del xiàngqí que llamará poderosamente la atención del jugador occidental es la limitación (bastante realista de nuevo) que tiene el caballero para moverse: a diferencia del caballo occidental, el caballero no puede trazar la ele (L) de su salto en aquella dirección en la que la primera casilla esté ocupada. Digamos que para que un caballo pueda saltar necesita que la superficie en la que apoya sus patas para impulsarse esté libre.
Los cañones son unas de las piezas más interesantes y complejas del ajedrez chino. Se mueven como torres del ajedrez occidental, pero capturan otras piezas mediante el salto (obligatorio) de otra pieza, propia o enemiga. Lo mismo que una bala de cañón. Que haya cañones o que no los haya en juego es tan diferente como que los ejércitos usen pólvora en una batalla o se hayan quedado sin ella. La pólvora y los cañones se inventaron en la Antigua China, ¿cómo no iba su juego de guerra a incorporarlos?

Y, desde luego, una regla que marca gran diferencia entre jugar al juego chino o al occidental es que el general enemigo puede ser capturado o “comido”. Mientras que el rey occidental solamente puede ser vencido con un jaque mate, nunca con un jaque, si un jugador deja a su general desprotegido en el xiàngqí (es decir, si recibe un jaque y no lo protege en el siguiente turno), el general es capturado y el juego se termina.

El xiàngqí y El arte de la guerra son útiles tanto en los tiempos de paz como en los tiempos de guerra: pueden ayudarnos a mejorar las destrezas que debe tener un buen general, las de un artista marcial, las de un buen profesor, y, en general, enseñan a ser mejores estrategas. El xiàngqí y El arte de la guerra suman entre los dos más de cuatro mil años, cuatro mil años de historia y cultura china los atraviesan, pero a pesar de su edad sus enseñanzas siguen estando vivas, siendo modernas, porque precisamente hablan y representan una guerra, una lucha entre dos fuerzas, el yīn y el yáng, que no termina nunca: es la guerra que hace la vida.

Lorena Núñez Pinero



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